Entre gritos desconsolados, entierros colectivos y reclamos urgentes de justicia, la comunidad campesina de Rigores, en el departamento de Colón, despidió a la mayoría de las 20 personas asesinadas en la masacre más sangrienta que ha vivido el Aguán en años recientes, una región históricamente convulsionada por conflictos de tierra, narcotráfico y presencia de grupos armados que en las últimas décadas ha cobrado la vida de más de 200 personas.

La mayoría de las víctimas fueron sepultadas de forma simultánea en el cementerio de Rigores, en medio de escenas de dolor que conmovieron a todo el país.

Hombres, mujeres y niños de todas las edades se congregaron para dar el último adiós a sus familiares, trabajadores campesinos dedicados al corte de palma africana y al cultivo de maíz, frijoles y yuca.

Las imágenes más desgarradoras marcaron la jornada: una niña gritaba «yo quiero a mi abuelo» mientras lo sepultaban; tres hermanas fueron enterradas en una misma fosa; y los hermanos Elmer y Wilmer Suchite, de 25 y 22 años, compartieron también su último destino en el camposanto de Rigores.

Entre los familiares, el consenso es unánime: no saben con exactitud qué ocurrió, pero exigen justicia inmediata.

«Le corresponde al Gobierno y sus autoridades esclarecer este crimen y que se castigue con fuerza a sus autores», expresó un pariente de Juan Ayala, una de las víctimas.

El hermano y el padre de las tres hermanas asesinadas lograron sobrevivir únicamente porque huyeron al presenciar la escena del crimen.

Trascendió además que en la comunidad de Panamá, también en Colón, habrían fallecido un hombre y sus dos hijos, aunque las autoridades no han confirmado oficialmente este extremo.

La Policía Nacional, que comenzó a desplegarse en la zona el jueves por la noche, informó que el caso está bajo investigación.

Sin embargo, la presencia institucional generó indignación: dos patrullas, una de ellas blindada, pasaron frente al cementerio durante los entierros sin detenerse, según constató la prensa presente en el lugar.

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