Berlín, Alemania — Militares, empresas tecnológicas y responsables políticos se reunieron este martes en el antiguo aeropuerto de Tempelhof, en Berlín, para debatir el futuro de la defensa europea y una cuestión que marca el horizonte del continente: si Europa está aprendiendo con suficiente rapidez de la guerra en Ucrania.

El encuentro, celebrado bajo el nombre de New Age Defence Summit, reunió en el emblemático recinto berlinés a políticos, militares, empresarios e inversores, con drones, vehículos autónomos y sistemas robóticos militares como protagonistas del debate. La elección de Tempelhof, símbolo histórico de la resistencia europea durante el Bloqueo de Berlín de 1948, no fue casual: el mensaje implícito apuntaba a una Europa que vuelve a sentir la urgencia de fortalecer su seguridad colectiva.
Entre los participantes destacó Bastian Ernst, diputado de la CDU y presidente de la Asociación de Reservistas de Alemania, quien subrayó que el conflicto en Ucrania no es solo una crisis política, sino una oportunidad de aprendizaje para las fuerzas armadas europeas. «Aquí aprendemos mucho de nuestros amigos ucranianos, de las experiencias que han vivido y que, por desgracia, están pagando muy caras», declaró ante los asistentes.
El caso de Estonia se citó repetidamente como modelo a seguir. El país báltico destinó alrededor del 3,4% de su PIB a defensa en 2025, situándose entre los mayores inversores de la OTAN, y a partir de 2026 esa cifra debería elevarse al 5,4%, lo que supondría un presupuesto militar de unos 2.400 millones de euros.
El consenso en el foro fue que Europa debe invertir más en tecnologías que ya hayan demostrado su eficacia en el campo de batalla. La guerra en Ucrania ha convertido los drones, la inteligencia artificial y los sistemas de guerra electrónica en prioridades ineludibles para cualquier estrategia de defensa continental.
El contexto es especialmente apremiante para Alemania, que se ha consolidado como el principal proveedor europeo de ayuda militar a Ucrania, con entregas acumuladas de 55.000 millones de euros desde 2022. El debate en Tempelhof dejó una certeza incómoda: el reloj de la seguridad europea corre más rápido que la velocidad a la que el continente está dispuesto a cambiar.






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