En un Santiago Bernabéu cargado de melancolía, con la Liga ya perdida matemáticamente y el descenso del Oviedo consumado, el Real Madrid cerró uno de los capítulos más amargos de su historia reciente con una victoria 2-0 que supo más a funeral que a celebración.

Los goles de Gonzalo y del inglés Jude Bellingham pusieron números a un partido que se jugó, en realidad, en las gradas y no sobre el césped.
El equipo dirigido por Álvaro Arbeloa compareció ante su afición con la pesada mochila de una temporada sin títulos, la segunda consecutiva, una anomalía casi inaceptable para un club acostumbrado a vivir entre trofeos.
El Oviedo, por su parte, acudió al coliseo madridista ya con el dolor del descenso encima, convirtiendo el encuentro en un duelo entre dos equipos heridos que buscaban más alivio que puntos.
Pero si algo definió la noche en Chamartín fue el ambiente en las tribunas. El madridismo, fiel a su tradición de pasar factura cuando la temporada decepciona, convirtió el estadio en un tribunal popular.
Y el veredicto de la grada fue casi unánime: mientras el juicio colectivo absolvió a la mayoría de los jugadores del plantel, Kylian Mbappé recibió el peso de la reprobación como el gran símbolo de una temporada que no cumplió las expectativas que su llegada había generado.
El precedente más cercano de ese escrutinio público fue el partido ante el Levante el pasado 17 de enero, cuando el estadio señaló sin contemplaciones a Vinícius, Bellingham, Valverde y Huijsen en medio del caos provocado por la destitución de Xabi Alonso y la humillante eliminación copera ante el Albacete con Arbeloa como improvisado entrenador.
Ahora, con la temporada sepultada y el verano como única esperanza, el madridismo exige una reconstrucción profunda que devuelva al club a la senda de los títulos que históricamente lo definen.





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